Septiembre 24, 2008

La yaya me ponía un cojín para que alcanzara a poner los brazos sobre la mesa. Era demasiado pequeña pero ojeaba las páginas de colores atrapada por las explicaciones que Tere me había dado veces anteriores. “Esta es la loba Yaya”. Y yo me refería, ajena a la historia de Roma, a la hembra de lobo que amamantó a Rómulo y Remo. Por aquel entonces ya hacía mis pinitos reescribiendo el cuento de caperucita o inventando una alternativa a la Bella y la Bestia; la yaya solía contármelo mientras me sentaba en su regazo. Y con apenas cinco años sabía que existía un Principito que decía que la serpiente se había tragado un elefante o que las estrellas eran cascabelitos de la risa.

 

Entonces empecé sin darme cuenta. Y me fui haciendo mayor y fui llenando páginas de diarios y de folios que luego rompía. Así más de una década o tal vez más aún si cabe.

 

Eduardo Alonso, profesor del instituto y mayor escritor, me riñó un día por tirar cuanto escribía. Dentro de mi conciencia sentí pena por haberme deshecho de tantos textos. Seguramente hoy me reiría de ellos, pero en aquellas hojas que se había tragado la basura había mucho de mí. Desde entonces, aprendí a guardar y a leer (con el tiempo) lo guardado. Descubrí que la gente participaba de concursos y desde la universidad me convertí en concursillista. Creo que habré participado en unos seis concursos o siete, todo lo más. Premios ganados hasta el día de ayer, dos o tres. Pero como dice mi amiga y aquellos que me conocen de años “la suerte tenía que cambiar”. O como dice el padre de mi amiga “lo mejor está por venir”. Era cierto, lo mejor de mi vida profesional ocurrió ayer. Se fraguó hace tres meses en un par de semanas estresantes de apenas comer y de mucho insomnio. Pero el árbol maduró, dio frutos y ahí había gente para valorar todo ese esfuerzo.

 

 

 

Y desde aquí, desde la intimidad de este espacio mío:

 

Gracias infinitas yaya Rosa (sin ti no podría contarme lo que soy) y a ti Tere (por la literatura). Gracias a Fer y a Marita, porque sin ellos no habría momento presente, y gracias a todo aquel por el que es posible contarme la vida.

 

En lo que se refiere al premio, sin Isabel Tortajada nadie me habría enseñado qué es eso de la radio, que se me quedó en el corazón. Y gracias a Rafa (que es uno de los mejores tándem) por esa historia tan hermosa y maleable, que es la vida de Vera.

Septiembre 17, 2008

víctoria (relato erótico de un momento)

 

Se nos iban las manos, tan perdidas como el deseo que se alborotaba en mi pubis. Tan jadeante como la tensión que se agrupaba en la entrepierna de tu pantalón aprisionado. Sé que me abrías abandonado a tu lengua al más mínimo guiño de mis pezones inquietos, y me hubieras doblado como si mis vértebras fueran de plastelina haciendo descender mi cuerpo hacia atrás. Desnuda, sin más protección que mis costillas que se abren a tu paso para que me acaricies el pecho, expectante de tu mano. Nos van entrando sudores. Se nos altera la mirada. Podemos ser más salvajes, pero aún no lo somos. Te deseo. Quiero serpentear hasta tu cremallera y acabar con las presiones. Y es que te imagino condensado en mi boca, que te libera y te atrapa en medio de la saliva. Y retenerte con las manos, haciendo ese gesto mío de un lado y otro, mientras torsiono la muñeca para verte la cara rota por el placer que sentimos. Mis ganas alojadas atrás del tanga, las tuyas las tengo yo en mis manos llenas de saliva, sujetándote después de haberte sacado de  la garganta. Tienes el cuerpo tan vencido, los ojos tan descontrolados y estás tan vulnerable, que ni queriendo podrías apartarme. Y yo quiero ir mas allá de tus piernas, porque tengo una lengua viajera que quiere explorarte más allá del pene, que da pequeños brincos para que no me olvide que existe. Por eso me voy a donde nace, lamiendo por el camino cuanto me encuentro de paso, dejando un reguero de babas, mientras la humedad  moja la cinta de mi tanga. Levanto la cabeza, con el pelo enmarañado y una media sonrisa. Tú alzas la cabeza levemente. Te miro. Te reto. Te engullo mientras agachas la cabeza y te rindes a que me aposente entre tus piernas, notando mi sexo caliente y lubricado. “Uh, Ah, Ih”, mientras te adentro y te expulso de mi boca. Te sacudes cuando te toco el glande con un dedo al lado de la lengua. Estás creciendo entre mis labios, noto la tensión y ya no tengo espacio para ti. Aire, succión, saliva, el dedo aquí y allá. ¡Grita, que no me importa!

 

Lo has hecho bien. Tengo el sabor de tu semen en todo el cuarto, empapado de sexo. Lo noto en el esófago, lo noto en la erección de mis pezones untados.

 

Ya salió esa mirada que no perdona. “Te doy siete minutos para que te recuperes y me lo hagas por detrás”.

Septiembre 9, 2008

dos ríos

 

 

 

 

 

Son dos ríos.

 

Uno me resulta dulce y suave. A veces parece que el río sabe sentir lo mismo que yo. Me sumerjo en él y me noto agua; me muevo rápido, acaricio los peces, siento la suavidad del barro que me bambolea. Está templado y por eso no hay muchos peces. Sin embargo, ofrece un maravilloso espectáculo sensorial en el que me gusta marearme. Es un hilo de agua que descubrí hace poco, entre la maleza y los cañizos. Nunca antes pensé que ese río podía ser real, y ahí estaba yo con los pies sumergidos en él. La sensación era en sumo agradable y me gustaba recrearme en todos los sentimientos que me encontraba en el agua.

 

El otro caudal, por el contrario, es tan diáfano que puedes ver los peces nadar. Los martines pescadores se lanzan en picado a por ellos, unas veces con más suerte que otras. Sin embargo, ese cristal de belleza tiene el agua helada. A uno se le eriza el corazón cuando sumerge los dedos. Al principio cuesta meterse en él, pero cuando tu temperatura corporal se habitúa a la suya, al bañarte, notas como los peces te muerden los deditos.

 

Yo no sé cuál escoger, aunque mi padre lo tiene claro; a él le gusta la pesca, y entre pescar o disfrutar del bucolismo del paisaje, él elige un buen cebo. Claro, es el lugar donde nos bañábamos en verano, y estamos acostumbrados a tiritar cuando el agua nos cubre la cintura. Pero el otro, me gusta tanto… ¡Es tan nuevo! Lo miro y pienso en inmortalizarlo en un cuadro, y enmarcarlo para que nadie pueda quebrar todas las emociones que me inspira. Pero, en el fondo, yo sé que los dos son bonitos. Uno está explorado y el otro por descubrir.

 

Miranda me ha pedido que elija uno de los dos para llevarla a merendar. Me gusta mucho esa chica y quisiera impresionarla. Pensando que tal vez lo haga, tal vez debiera llevarla al cauce de siempre, aunque no tenga cascadas, siempre podrá ver salmonetes entre las piedras. Ella se mirará en el reflejo del agua, y yo veré que en ese reflejo estamos los dos juntos, como en una fotografía. Ya no podré olvidar ese momento jamás. Sí, la llevaré al de siempre.

 

***

 

Hoy me cuestiono no haberla llevado al otro. Y hace años que pienso lo que hubiera pasado si hubiéramos ido al río nuevo. Siento las ganas de dar el impulso de retroceder sobre mis pasos, porque me grita el corazón que equivoqué el caudal. Aquel era bueno, pero el que me hacía palpitar y me habría hecho feliz era al que más temía; el río nuevo.

Agosto 28, 2008

 

Agosto 26, 2008

at the end is the beginning

Ojos de agua

 

 

Puedo acariciar la pelota angustiosa de tu fiebre sin tregua

y reptarte desde la espalda al suelo muerto de mármol

aniquilar el miedo de tu cuerpo cansado y exhausto

desde la ocupación de tus ojos de agua donde converge

 

la mirada donde no me miro,  y quisiera

 

allá donde estuvimos en el cuando aquel

para perdernos desde las pantalla líquidas

en los nosotros sin futuros ni certezas

 

se me ha vestido el cuerpo de impotencia

de cabreo de atasco, y de agrio las manos

sin nada con que llenarlas ni retenerlas

 

 

y tengo el corazón más ajado que el de Sabina

con la desazón que nunca llega su tranvía

con el tiempo marcado entre cadenas de esparto

ante la certeza de lo imparable en nuestra vida

 

me guardo una promesa afilada por tus dedos:

tú vivirás por mí y yo a través de ti sobreviré

Agosto 21, 2008

Almudena, más allá de Pekín ‘08

Una zancada detrás de la otra; nadie se ha deslizado como tú por el tapiz. Cuando la música suena te evades, te metes dentro de ella, la sientas la mimas en cada paso de la rutina, y de treinta en treinta segundos te vas dejando la sangre sobre el suelo, en el aire y en la gente que, desde los dieciséis años acude a verte. Eres magia sobre un tatami y has encarnado la pretensión de muchas mujercitas que no han llegado, ni soñado, estar a tu nivel. Se va una princesa de la Rítmica, que ama la gimnasia y ha demostrado que las planchas, las zancadas y los giros también se pueden sentir.

 

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20080821/jjoo08_mi-despedida-sera-besando-tapiz/262965.shtml

 

 

Y en todo este tiempo has empapado el tapiz con esa sensibilidad tan tuya, tan Cid, tan Almudena. Ahora, para ti también, lo mejor está por venir. Felicidades.

Agosto 18, 2008

el petit barceloní

 

Preguntaba al padre en el andén mientras el metro aún no llegaba. Espigado, con los ojos como una persiana de comercio a las diez de la mañana, las manos inquietas y la cabeza demasiado despierta y observadora, y apenas levantaba un metro del suelo. Me revisaba desde abajo buscando mi cara y reparando en mis gestos. A mí se me escurría una sonrisa al ver como se comportaba frente a mí aquel pequeño ser humano con la piel morena del verano. Hablaba en català con el padre y no perdía ripio de mis movimientos. Tenía la mirada fija en el libro y, salvo cuando notaba que aquel niño me escudriñaba, estaba inmersa en una historia de Doris Lessing. Se sentó sobre el saliente que había en el respaldo de mi reposabrazos.  Retiré el brazo y le dejé todo el espacio. Entonces le pidió su libro al padre y empezó a leer Una llàgrima de fusta! Me imitó y al verlo no pude reprimir una sonrisa buscando su complicidad. Sonreí y  le clavé los ojos con ternura. O le gustaba leer o había decidido copiarme. Él me de devolvió una sonrisilla tímida y me siguió observando desde sus pocos centímetros; sin saberlo, me regaló el momento feliz del día.

Julio 5, 2008

C. M. B. donde no habita el olvido

 

Julio 5, 2008

donde querías quedarte para siempre

A Consuelo, palabras e imágenes que llegan tarde

(la foto me la ha regalado una de las personas que más quiero)

Julio 1, 2008

sobre una cresta de Barcelona

Un viaje lleno de sensaciones. Desde la extrañeza de viajar con desconocidas que se iban adentrando en mí, hasta disfrutar de la paleta de colores que nos dio aquel amanecer.

 

Cinco en la carretera. A priori resulta un título de película, pero tan sólo era un viaje en busca del encuentro, hacia la sorpresa de la imprevisión de la que regresamos llenas de paz. Cinco, uno más uno, más tres. Al regreso éramos cinco por añadidura.

 

Quiso Amma y la correcta actitud que envolvió el citroén Xsara que tengamos que recordar un trayecto salpicado de anécdotas. “Mirad que amanecer. Esto nos lo ha regalado Amma”. La voz venía de detrás y apenas si podía reconocer su nombre nuevo para mí (Rebeca), pero se convirtió en el primer canto de los muchos que nos iban a transitar durante el fin de semana.

 

 

A la llegada a la Conrrería ya éramos nuestra propia masa que reclamaba una habitación compartida.

 

En las meditaciones, en los videos, hasta en el juego donde nos separaron nos hacíamos presentes. Las alumnas de Laila, Isabel y yo por libre, cinco en uno.

 

 

Y así regresamos.

 

Ah, y no puedo obviar la frase de Loles “es que nos hemos comprado un coche y no sabemos qué hacer” mientras conducía recordando la aventura del teletack o, para nosotras, el ‘teletabi’, donde nos sentimos como auténticas provincianas en un control de autopista “corre más que entras con poca velocidad, que ésos van más rápidos” (yendo contra la barrera de control completamente bajada).

 

Os debía esto y ¡va por vosotras!