La yaya me ponía un cojín para que alcanzara a poner los brazos sobre la mesa. Era demasiado pequeña pero ojeaba las páginas de colores atrapada por las explicaciones que Tere me había dado veces anteriores. “Esta es la loba Yaya”. Y yo me refería, ajena a la historia de Roma, a la hembra de lobo que amamantó a Rómulo y Remo. Por aquel entonces ya hacía mis pinitos reescribiendo el cuento de caperucita o inventando una alternativa a la Bella y la Bestia; la yaya solía contármelo mientras me sentaba en su regazo. Y con apenas cinco años sabía que existía un Principito que decía que la serpiente se había tragado un elefante o que las estrellas eran cascabelitos de la risa.
Entonces empecé sin darme cuenta. Y me fui haciendo mayor y fui llenando páginas de diarios y de folios que luego rompía. Así más de una década o tal vez más aún si cabe.
Eduardo Alonso, profesor del instituto y mayor escritor, me riñó un día por tirar cuanto escribía. Dentro de mi conciencia sentí pena por haberme deshecho de tantos textos. Seguramente hoy me reiría de ellos, pero en aquellas hojas que se había tragado la basura había mucho de mí. Desde entonces, aprendí a guardar y a leer (con el tiempo) lo guardado. Descubrí que la gente participaba de concursos y desde la universidad me convertí en concursillista. Creo que habré participado en unos seis concursos o siete, todo lo más. Premios ganados hasta el día de ayer, dos o tres. Pero como dice mi amiga y aquellos que me conocen de años “la suerte tenía que cambiar”. O como dice el padre de mi amiga “lo mejor está por venir”. Era cierto, lo mejor de mi vida profesional ocurrió ayer. Se fraguó hace tres meses en un par de semanas estresantes de apenas comer y de mucho insomnio. Pero el árbol maduró, dio frutos y ahí había gente para valorar todo ese esfuerzo.
Y desde aquí, desde la intimidad de este espacio mío:
Gracias infinitas yaya Rosa (sin ti no podría contarme lo que soy) y a ti Tere (por la literatura). Gracias a Fer y a Marita, porque sin ellos no habría momento presente, y gracias a todo aquel por el que es posible contarme la vida.
En lo que se refiere al premio, sin Isabel Tortajada nadie me habría enseñado qué es eso de la radio, que se me quedó en el corazón. Y gracias a Rafa (que es uno de los mejores tándem) por esa historia tan hermosa y maleable, que es la vida de Vera.














